09 septiembre 2014

Madrispaña y Catalunya llevan 300 años reinterpretando la guerra entre los Bourbon y los Habsburg

Onze de Setembre 1714: hace tres siglos que los borbonistas tomaron Barcelona
y pusieron fin a la guerra de sucesión [no de secesión], iniciada en 1701
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Otro Onze de Setembre, Diada Nacional de Catalunya, y otra vez el recuerdo de la histórica jornada de 1714 ha sido reducido a una pugna entre los nacionalismos español y catalán. Pasan los años y ese enfrentamiento orilla las causas de la guerra de sucesión, no de secesión.
Dos detalles resumen lo esencial:
 El enfrentamiento entre borbonistas y austracistas, que en España derivó en guerra y se zanjó con la caída de Barcelona, era de ámbito europeo, y
 Tal como demuestra la abundante documentación existente (pruebas históricas) y en contra de lo que argumentan los montaraces españolistas, el triunfo de los borbonistas supuso la derogación de las «constituciones catalanas», medida con la que Felipe V sentó las bases del centralismo político, económico, administrativo y cultural en el entonces incipiente Estado español.
Ese lejano "éxito" del Borbón constituyó la acción iniciática que derivó en los posteriores conflictos "centro-periferia", abriendo la puerta a un interminable toma y daca que todavía hoy dificulta la cohesión de las Españas.
Echar la vista atrás desmonta falacias y arroja luz:
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El conflicto que ensangrentó España sirvió para zanjar una lid de ámbito europeo.
Todo empezó en noviembre de 1700, cuando murió sin descendencia Carlos II [de la Casa de Habsburg (o de Austria), que era titular de las cinco monarquías que formaban entonces España: Castilla (reino que ya había fagocitado los de Asturias, Galicia y León), Aragón, València, Mallorca y Condado de Barcelona (cabeza del Principat de Catalunya)]. Y todo fue más complejo de lo que hoy pretenden algunos listos y muchos ignorantes.
Ocurre que analizar los hechos de 1701-1714 desde una perspectiva nacionalista (sea española o catalana) es más cómodo y electoralmente más rentable que analizar y contextualizar los acontecimientos prescindiendo de banderas y sentimientos, que son legítimos --sin duda-- pero malos consejeros en asuntos de Historia.
Hoy, justo 300 años después, con sendos gobiernos nacionalistas en Madrispaña y Catalunya es casi imposible racionalizar el debate.
Tampoco es posible poner el asunto sobre la mesa de la opinión pública a través de los medios, pues prácticamente todos han tomado partido de forma más o menos clara a favor del borbonismo actual; es decir, en defensa de un centralismo matizado que se presenta vestido con racionalidad pero que, a la postre, sigue siendo uniformador.
Para colmo de atractivos, el borbonismo actual, aunque parlamentario, también ha sacralizado un concepto de legalidad (vía Constitución de 1978) en el que se han impuesto tesis similares a las del rey que ganó la batalla de 1714: en España se vuelven a rechazar las soluciones políticas pactadas en pro del una (España es una sola nación, lo cual es falso), grande (es decir, España por encima de todo y "dominadora") y libre (es decir, sin limitaciones ni contrapesos que maticen su preponderancia demográfica frente a las natios periféricas).
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[INCISO: Amable lector/a, le ruego que no extraiga conclusiones precipitadas ni haga prejuicios. No es mi voluntad defender o justificar a los independentistas catalanes, pero tampoco caeré en la simpleza ni avalaré falacias ahistóricas, sólo trato de rememorar hechos comprobados y hacerlo de la forma más aséptica de la que soy capaz]
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A la izquierda, el candidato al trono español
de los Habsburgo, el archiduque Karl von Österreich
(Carlos de Austria), sobrino de Carlos II de Austria,
el rey de España que murió sin sucesor en noviembre
de 1700. El archiduque accedió en 1711 a los tronos
de Bohemia, Croacia y Hungría al tiempo que era
coronado monarca del Sacro Imperio
Romano-Germánico.
Esta circunstancia propició que relativizara
la importancia de coronarse rey de España,
lo que se tradujo en una notable reducción de sus
aportaciones a la causa austracista
de los nobles y burgueses catalano-aragoneses.
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A la derecha, Phillippe de Bourbon, pretendiente
de la Casa de Borbón por ser sobrino-nieto de
Carlos II. Fue coronado como Felipe V de España.
Duque de Anjou y nieto de Luis XIV de Francia
(conocido como el Rey Sol) tenía reducidas
posibilidades de ser sucesor del monarca galo,
motivo por el que este apoyó con fervor y sin
escatimar gastos la candidatura de su pariente
con tres objetivos: ampliar el poder de los Borbón,
ganar peso e influencia geopolítica para el Reino
de Francia, y también para que los borbones y la
aristocracia gala accedieran siquiera parcial e
indirectamente a las riquezas de las colonias
americanas que poseía España.
El francés era absolutista y
el centroeuropeo, un aburguesado
Evitemos centrar el relato y el análisis de los hechos en las personas de los candidatos a reinar España que fueron quienes, empecinados y empujados por sus respectivos aliados e intereses, acabaron provocando una guerra para dilucidar quien era coronado.
Esos dos aristócratas eran Felipe de Anjou, o de Borbón, y el archiduque Carlos de Austria.
Ninguna de las dos alternativas sería hoy considerada democrática, por descontado, pero la opción austracista era menos "medieval" que la borbónica.
El archiduque de Austria se había aburguesado; me explico: tanto por lógico interés personal (garantizar su preeminencia y la lealtad de la población) como para evitar conflictos fiscales, la Casa de Habsburgo era partidaria de mantener las mejores relaciones posibles y satisfacer en la medida de lo "recomendable" a las incipientes y pujantes burguesías urbanas, a las que prestaba sincera atención y otorgaba relevante importancia política.
Por el contrario, el vencedor de la guerra de sucesión, Felipe de Borbón [coronado Felipe V], así como sus familiares y aliados propugnaban un régimen absolutista y centralista, tal como posteriormente demostraron los decretos de Nueva Planta, que empezaron a ser promulgados en 1705 y aplicados desde Madrid, donde ya se había instalado el Borbón con ayuda francesa. El proceso "centralizador" se completó tras la caída de Barcelona.
Los borbonistas rechazaron prácticamente todas las iniciativas auspiciadas por la incipiente burguesía, en la que ya eran perceptibles los criterios del futuro liberalismo clásico [del que apenas queda la carcasa en el actual neoliberalismo].
Felipe V suprimió las llamadas "constituciones catalanas" y todos los acuerdos de similar tenor que pervivían en las administraciones y gobiernos de numerosas villas y comarcas de la "federalista" Casa de Aragón, que era titular de cuatro monarquías: el Reino de Aragón, el Condado de Barcelona [cabeza del Principat de Catalunya y donde se había establecido la  sede de la Casa de Aragón], el Reino de València y el Reino de Mallorca [ámbito que los el sector expansionista del nacionalismo catalán denomina Països Catalans].
No por eso hay que endiosar el pseudofederalismo de los austracistas, pues eran tan partidarios como los borbonistas de mantener los privilegios de la nobleza y de la curia, aunque con notables matices.
[Enlace al texto que relata el proceso de creación de la Corona de Aragón
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Los reinos ibéricos ya estaban unidos pero pervivían leyes y normas autóctonas 
El generalizado apoyo del que gozaba el candidato de los Austrias en los territorios de la Casa de Aragón se debía a que el pretendiente austracista se comprometió a mantener los pactos de gobernación que conjugaban los intereses económicos de gran parte de los artesanos, comerciantes y campesinos propietarios con la autoridad fiscal de la nobleza.
Por su parte, el proyecto pilotado desde París por los Borbones apostaba por reducir drásticamente el número de personas y organismos gremiales o estamentales que poseían poder fiscal, judicial o administrativo para centralizar toda la administración de los reinos hispanos existentes hasta suprimirlos y para, ante todo, perfeccionar la fiscalidad [a este respecto, el objetivo era uno y solo uno: aumentar la capacidad recaudatoria]; además, la Casa de Borbón otorgaba especial relevancia a mejorar el sistema de explotación de las colonias.
Esto último propició que la corte de Felipe V fuera invadida por hombres de negocios extranjeros cuya presencia provocó, entre otros efectos, el reforzamiento de la autoridad de Felipe V, alimentando la codicia de los terratenientes e inversores (todos nobles), fomentando negocios trasnacionales y poniendo en marcha proyectos que, además de mejorar las explotaciones y extracciones americanas, perseguían perfeccionar el transporte, la distribución y la comercialización de las riquezas procedentes del nuevo mundo a fin de maximizar sus beneficios. 
Esa redistribución y creación de negocios constituyó un frente crucial para dilucidar el ganador de la guerra de sucesión española, que a su vez formaba parte de la lid de ámbito continental que borbonistas y austracistas dirimían al norte de los Pirineos en el marco de la lucha de intereses que libraban las cinco grandes casas reales de la época: austriaca, francesa (borbones), inglesa, otomana y rusa.
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[INCISO: A título de curiosidad, cabe subrayar que al iniciarse el siglo XVIII las únicas familias reales de la Península cuyos miembros eran biológicamente 100 % ibéricos eran la de Portugal y la de la Casa de Aragón.
El rey de la Casa de Austria recién fallecido sin descendencia (Carlos II el Hechizado), hijo de Felipe IV de Austria, era tataranieto de Carlos I de España (Gante 1500-Yuste 1558), que era medio castellano y medio flamenco, pues era hijo de Juana II de Castilla (la Loca) y del duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Artois, Flandes, Habsburgo, Henao, Holanda, Tirol y Zelanda más señor de Amberes y Malinas, conocido como Felipe el Hermoso.
Resumiendo, en el fallecido Carlos II (1661-1700) apenas quedaba biología española (o ibérica) pues todos sus ancestros, desde Juana la Loca, habían matrimoniado con personas de origen centroeuropeo; por ende, el pretendiente de los Austrias a heredar la corona del fallecido Carlos II ya no tenía nada que ver biológicamente con la Península.
El otro pretendiente, el que accedió al trono en 1701 como Felipe V en competencia con el archiduque germánico, era hijo de un miembro de la muy francesa familia Bourbon y de una bávara; además, Felipe V matrimonió dos veces y las dos con sendas extranjeras: su prima María Luisa Gabriela de Saboya (originaria de Turín), con la que tuvo cuatro hijos e Isabel de Farnesio (nacida en Parma), de la que nacieron siete; o sea, once hijos y ninguno biológicamente hispano.
El sucesor de Felipe V, el primer Borbón, fue su hijo Luis I, engendrado por la turinesa. No obstante, fue el monarca más fugaz de la Historia de España (enero-septiembre 1724), pues enfermó y murió ocho meses después, motivo por el que la corona fue retomada por su padre, que había abdicado para disfrutar de su madurez pero se vio obligado a reinar hasta su muerte (1746), siendo entonces coronado Fernando VI, el tercer hijo de la de Saboya; este rey sí eligió de esposa a una noble de la Península, la portuguesa Barbara de Bragança, pero no tuvo descendencia y la corona pasó a manos de su medio hermano Carlos III, hijo de Felipe V de Bourbon y la aristócrata parmesana Isabel de Farnesio] 
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Utrecht: Felipe V regaló Gibraltar
y Menorca al Reino de Inglaterra
La corte de Felipe V, con dos tercios de la Península bajo su control, supo repartir con habilidad cargos, favores y negocios, lo que permitió a los borbonistas disponer de numerosos caballos de Troya [miembros de la nobleza y sobre todo de la curia] en localidades y comarcas de los reinos de la Casa de Aragón.
En principio, la corte del candidato austracista recibió notable apoyo económico de Viena y Londres, desde donde incluso enviaron tropas.
La balanza empezó a inclinarse ostensiblemente del lado del Borbón tras la derrota de los austracistas en Almansa (1707) y la pérdida de la mitad sur del territorio (el Reino de València), donde los ingleses ya combatieron alineados con el francés y contra los Austrias con la finalidad de obtener el regalo que a cambio de ello les había prometido Felipe de Anjou (Menorca) y porque en Londres inspiraba temor el creciente poderío de los Austrias en el continente.
La derrota de los austracistas no se produjo tanto en los campos de batalla como en las escaramuzas diplomáticas y bancarias, pues en el fondo se trataba de un juego de intereses económicos de ámbito continental.
Prueba de la internacionalidad de la lid es que con motivo de la firma del primer Tratado de Utrecht (1712) la Casa de Austria también renunció al trono español a cambio de que Felipe V --que ya era el vencedor in péctore de la guerra a falta de tomar Barcelona-- entregara a los Habsburgo varios territorios que Madrid controlaba en el resto de Europa [ver mapa adjunto].
Además, Felipe V cumplió con los ingleses y no solo les cedió la prometida Menorca, sino que además les otorgó el derecho de uso (no la soberanía, esta se la arrogaron ellos) de la playa y llanura existentes al pie del peñón de Gibraltar, donde emplazaron un fortín y punto de avituallamiento de uso comercial y militar.
En gran medida la Casa de Borbón ganó la guerra de sucesión a costa de regalar territorios pertenecientes a reinos peninsulares; más claro: la Casa de Borbón y con ella el Reino de Francia compraron a sus enemigos pagando con propiedades que no eran suyas.
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La economía decidió la guerra que se libraba en la Península 
En cuanto al desarrollo de la guerra es obligado destacar que sin el concurso de las tropas centroeuropeas y con las ayudas materiales extranjeras muy reducidas los austracistas catalano-aragoneses [cuyo poderío quedó reducido a las aportaciones dinerarias y humanas de comerciantes, artesanos y campesinos] poco pudieron hacer frente al bien pertrechado ejército de los Borbones.
Desde un punto de vista económico también fue fundamental que Felipe V controlara todos los resortes financieros de la administración central, que era la que se beneficiaba de la riqueza que llegaba de las colonias; además, el francés contó con el firme apoyo del rey de su país de origen, quien consiguió que su pariente "español" se beneficiara de las presiones ejercidas desde París para cerrar las fuentes de financiación de los austracistas.
Por si fuera poco, a la vista de lo que se cocía durante las negociaciones de los tratados de Utrecht --con las cesiones de territorios españoles que ofrecía Felipe V a sus enemigos europeos-- los banqueros acabaron dando la espalda a las peticiones crediticias de la Casa de Aragón.
En resumen, al margen de las envenenadas polémicas entre españolistas y catalanistas, lo esencial del 11 de septiembre de 1714 es que cayó el último baluarte de los partidarios de los Habsburgo, casa real que ya se había beneficiado con la obtención de varios territorios españoles extrapeninsulares.
Y la segunda consecuencia, esta de calado exclusivamente español, radica en que el vencedor, Felipe V, derogó todos los derechos estamentales y los órganos de gobierno existentes en distintas ciudades y territorios de la finalmente extinta Corona de Aragón; sin olvidar, insisto, que Felipe V entregó a Austria, Inglaterra y Saboya parte de los dominios europeos de la sagrada patria con el objetivo de que la francesa Casa de Borbón reforzara su poder en el tablero político del Viejo Continente.
Felipe V hizo suyos de forma natural los criterios centralistas que imperaban en el Reino de Castilla [que ya había fagocitado a los antiguos reinos del noroeste peninsular] y erradicó los singulares pactos y consensos que caracterizaban la administración de las cosas en los reinos de la vertiente mediterránea.
Sucesivos reyes y gobiernos asumieron e incluso exacerbaron la tarea centralizadora del primer Borbón.
En todo caso y recuperando el hilo del post, conste que antes del 11 de septiembre de 1714 el Principat de Catalunya (federado con los reinos de Aragón, València y Mallorca) no era un país independiente, ya formaba parte de una de las Españas que pugnaban entre sí, y lo cierto es que tampoco habría sido independiente si aquella guerra la hubiera ganado el archiduque de Austria.
¿Qué habría ocurrido si el triunfo hubiera sonreído a la Casa de Habsburgo? Imposible saberlo con exactitud. No obstante, con los austracistas el tránsito del Antiguo Régimen al Estado Moderno habría sido más rápido y profundo, y el acervo social e institucional del Estado construido durante los decenios siguientes habrían sido otros.

4 comentarios:

  1. Analizar y contextualizar está muy bien simpre que el alud de detalles no sotierre los hechos actuales y termine por aguarlos. Yo no creo que muchos de los catalanes que hoy participan en la Diada piensen que están "representando la guerra entre los Borbón y los Habsburgo". Tampoco creo que piensen en un "enfrentamiento entre dos nacionalismos". La equidistancia es ilusoria. No son los catalanes los que quieren imponer a España sus instituciones.

    Tienen enfrente a un Estado filofascista (ahí está, por dar solo un dato, el pazo de Meirás, conservado todavía como botín del dictador), y tienen el deseo, la voluntad política y muchísimos motivos para separarse de él. Y están decididos a hacerlo. Si algo "representan" o "escenifican", es esta decisión ACTUAL, con independencia de 1714, de Felipe V, y demás circunstancia histórica.

    La "racionalidad" y la "contextualización" no consisten en buscar, y menos en forzar, una simetría y una equidistancia que no están en la realidad. Con suficientes dosis de "análisis", la relación entre el torturador y el torturado puede terminar visualizándose como una "confrontación de personalidades", sin elementos morales. Con suficiente "análisis", terminamos en el nivel explicativo de las proteínas y los genes. Ese no es el nivel explicativo ético o político.

    Por cierto, que en 1714 Catalunya no era independiente es casi tan cierto como que Castilla no era independiente. Después de 1714, ambas afirmaciones ya no fueron equivalentes.

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    1. Antonio,
      No pretendía equiparar lo ocurrido con motivo de la guerra de sucesión en el siglo XVIII con lo que ocurre hoy.
      Sólo pretendía exponer muy brevemente (es un "post") qué ocurrió durante aquel enfrentamiento entre dos casas reales y, ¡precisamente!, poner encima de la mesa el mito.
      No soy españolista, tampoco catalanista; pero si de dar opinión al respecto se trata, a mi parecer es evidente que el mal llamado problema catalán (digo "mal llamado" porque el problema no tiene origen en Catalunya, sino en el concepto de España que impera desde hace varios siglos) sólo se superará por la vía política, democráticamente: ¡votando!
      Hay "post" precedentes en los que ya exponía mi opinión sobre la situación actual.

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  2. Si leí bien los ingleses tienen Gibraltar porque un rey borbón les regaló el peñón. Gracias por el dato.

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    1. Leyó bien. Y por el mismo motivo, los ingleses también "disfrutaron" de Menorca (y sus riquezas) durante largos años.

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