01 mayo 2010

Primero de Mayo de 1886: Los ocho mártires de Chicago

Durante los últimos años de la década de 1870, una organización denominada Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (NOCT) cobró notable influencia en los barrios obreros de la ciudad de Chicago, sobre todo en el extrarradio, donde se habían levantado cientos de barracas y otras infraviviendas en las que se hacinaban miles de familias campesinas sin tierra llegadas en su mayoría desde las grandes planicies del centro del país. Empobrecidos y hambientos, hombres y mujeres buscaban empleo en la pujante metrópoli industrial de los Grandes Lagos.
Los caballeros y fundadores del sindicato American Federation of Labor (AFL) [constituido en 1886 y cuyos miembros fueron apodados laboristas] se ganaron el aprecio y el respeto de miles de personas debido a los valores que preconizaban y sobre todo, porque los practicaban en público y en privado: se apoyaban entre ellos y siempre eran solidarios con los asalariados en apuros y con los que caían enfermos, con los despedidos y con quienes sufrían algún tipo de sanción empresarial o gubernativa.
En los debates que acostumbraban a suscitarse en los actos y reuniones convocadas por la NOCT casi siempre destacaba un asunto: las largas jornadas laborales en los tajos y las fábricas: 10, 12, 14 y en ocasiones hasta 24 horas con breves descansos para un tentempié o a lo sumo, para una cabezada de media hora.
Así, tras años de penurias y abusos sin cuento, cumpliendo el mandato aprobado en el cuarto congreso de la Federation of Organized Trades and Labor Unions celebrado dos años antes, a finales del invierno de 1885-86 los laboristas mantuvieron una serie de reuniones preparatorias, establecieron contacto con otros colectivos de trabajadores y convocaron una marcha para cumplir el objetivo que se fijaron en 1884: emplazar a los empresarios y a las autoridades a que a partir del 1 de mayo de 1886 la jornada laboral ordinaria fuera de 8 horas diarias, de lo contrario convocarían una huelga general indefinida.
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Preparativos sindicales y amenazas empresariales
Durante las jornadas previas al día 1, tanto la AFL como los empresarios llevaron a cabo sendas campañas; los primeros intentaban convencer al mayor número posible de asalariados de que se sumaran al llamamiento, en tanto que la mayoría de los segundos amenazaban con despidos masivos e incluso con el cierre de fábricas; es decir, un cierre patronal que, para colmo, en algunos casos era anunciado como el paso previo a la deslocalización de las fábricas.
Para sorpresa de todos --también de los convocantes-- a la marcha para reclamar las 8 horas acudieron en torno a 75.000 personas, que pasearon por las principales calles de la ciudad anunciando la nueva jornada laboral. Por si fuera poco, en Chicago y sus alrededores más de 150.000 trabajadores se declararon en huelga y no menos importante desde un punto de vista práctico: uno de cada tres empresarios aceptó la propuesta y anunció la instauración de la jornada de 8 horas, o eso dijeron...
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[En más del 50 % de las empresas que aceptaron las 8 horas la medida apenas se mantuvo una semana y al paso de un mes prácticamente todos los empresarios volvieron a imponer jornadas de al menos 10 horas]
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En un encuentro con los laboristas previo al día 1, los anarquistas se habían negado a participar en la convocatoria alegando que desde su punto de vista lo procedente era exigir la ilegalización de la propiedad privada de los medios de producción y por tanto, abolir el trabajo asalariado, añadiendo que limitar las reivindicaciones al horario laboral sólo serviría para paliar males, no para solucionarlos.
Sin embargo, al finalizar el día 2 seguían activas las huelgas y movilizaciones, el seguimiento de la convocatoria fue tal que los ácratas se sumaron al movimiento impulsado por la AFL, cuyo líder más significado era el laborista Albert Parsons.  
Seguros del éxito tras el alto grado de participación registrado y ya con el valioso apoyo de los anarquistas, las huelgas prosiguieron y se extendieron a otras ciudades de EE UU, celebrando decenas de reuniones, mítines, concentraciones y marchas de protesta.
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Primera matanza, en la empresa McCormick
El día 3, el anarquista August Spies pronunció una arenga ante unos 5.000 huelguistas, muchos de ellos empleados en la firma McCormick y propuso acudir en masa a las instalaciones de ese fabricante de maquinaria agrícola, cuyos trabajadores estaban en huelga desde hacía tres meses porque el propietario les había reducido el salario para financiar la construcción de una iglesia.
McCormick, prototipo del patrón de la época y modelo que siguen considerando adecuado los numerosos empresaurios que todavía quedan, había contratado pistoleros y esquiroles que le habían permitido mantener un notable ritmo de producción pese a la huelga; motivo por el que los varios cientos de huelguistas que siguieron el llamamiento de Spies se fijaron como objetivo central la paralización de la actividad.   
Una vez reunidos los manifestantes delante del portón de acceso a McCormick, sonó la sirena de la fábrica, salieron los mercenarios contratados y se desató una batalla campal. Inesperadamente, compareció una compañía de la policía que nada más llegar y sin previo aviso disparó contra los manifestantes, causando seis muertos y un número indeterminado de heridos.
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[Esa es la cifra de la que hay más pruebas documentales, todas oficiales o de medios de información convencionales, si bien hay crónicas que hablan de 10, 12 e incluso de hasta 20 fallecidos. En cuanto a heridos por arma de fuego, las cifras van de 45 a 90. También hay noticia de que hubo cadáveres que fueron evacuados y enterrados clandestinamente, motivo por el que no constan en ningún cómputo periodístico, tampoco en los de los sindicatos y mucho menos en la documentación oficial, gran parte de la cual se perdió...]
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Ejemplar del Arbeiter zeitung
de fecha
 4 de mayo de 1886
Segunda matanza, en Haymarket Square     
Apenas dos horas después de la agresión policial en los aledaños de la industria McCormick, los periodistas e impresores del periódico Arbeiter Zeitung, todos ellos militantes o simpatizantes del movimiento anarquista y en su mayoría de origen alemán, editaron y repartieron por la ciudad miles de ejemplares informando del suceso.
La frase inicial de la publicación decía: Trabajadores, la guerra de clases se ha iniciado. El texto finalizaba con el llamamiento ¡Tened coraje, esclavos, levantaos!, al tiempo que convocaba una concentración de protesta a las siete y media de la tarde del 4 de mayo, en el parque de Haymarket Square.    
Con la intención de evitar una asistencia masiva y templar gaitas, el alcalde de Chicago salió al paso de la convocatoria asumiendo la cuota de responsabilidad de las autoridades locales por la actuación policial y anunció con premeditada solemnidad que la concentración estaba autorizada. Es más, el regidor acudió al acto [las crónicas no coinciden en la cifra de reunidos, que varía entre los 18.000 y los 25.000].    
El acto terminó poco después de las nueve de la noche sin que se hubiera registrado ni un solo incidente. Sin embargo, apenas quince minutos después de finalizar el último parlamento, el inspector jefe de policía John Bonfield consideró que los asistentes tardaban demasiado en abandonar el parque y ordenó a los 180 agentes allí desplazados que cargaran contra los reunidos para evitar desordenes... ¿? El inexplicable celo de Bonfield fue el detonante de la revuelta de Haymarket.
Minutos después de iniciada la acción policial y en respuesta a la violencia de los agentes, estalló una bomba de elaboración casera que causó la muerte de un oficial e hirió a seis uniformados, cuyos compañeros echaron mano de las armas de fuego y dispararon a bulto.
No ha sido posible establecer el número exacto de muertos y heridos que desató la absurda acción ordenada por el inspector jefe, todos los intentos han sido vanos.
Tomando como base cuatro fuentes distintas, cabe apuntar como cifras más fiables las de 40 muertos y 250 heridos, prácticamente todos baleados.
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Estado de sitio y mentiras por doquier 
El gobernador declaró el estado de sitio y durante varias jornadas se efectuaron decenas de registros y arrestos. Las autoridades afirmaron haber descubierto varios arsenales con abundancia de revólveres, explosivos e incluso ametralladoras, también dijeron que habían sido desmanteladas una fábrica de bombas y otra... ¡de torpedos!
Ya entonces fue utilizado con profusión e insistencia el calificativo terrorista.
Según dijeron las autoridades y los medios convencionales, los periodistas que informaron de los hallazgos habían visitado personalmente dos «fábricas de terror» (textual) y sus correspondientes almacenes de armas, pero nunca fue publicada la ubicación de esas dos fábricas ni de los almacenes. Jamás se supo y los periodistas, al parecer, fueron llevados hasta las instalaciones con los ojos vendados o bien fueron obligados a informar sólo y exclusivamente de lo autorizado previamente por las autoridades.
La prensa publicó descripciones de los refugios subterráneos indicando que se accedía a ellos a través de dos pasadizos secretos cuyas entradas habían sido habilitados en sendos inmuebles: ¿cuáles?, ¿dónde?... No hubo respuesta.
Nadie dudaba de que había activistas armados, pero tampoco nadie dudaba de que las autoridades, con la complicidad de los medios convencionales, se habían inventado numerosas patrañas hasta convertir en noticia creíble un rosario de falacias. Hubo periodistas que llegaron a aseverar que había pruebas documentales de que los sindicalistas preparaban una insurrección armada.
¿Quiénes son los instigadores de la violencia y de la revolución?, preguntaban retóricamente los cargos públicos y los columnistas de orden, que al unísono contestaban: los anarquistas y los laboristas.
Los ácratas constituían el colectivo obrero mejor organizado y justificaban el uso de la violencia para proteger a sus militantes y a los participantes en las manifestaciones, amén de propinar palizas de escarmiento o intimidación a esquiroles y empresarios significados por tratar a los trabajadores como esclavos.
Lo de la insurrección armada era una patraña tan evidente que años después la propia Administración reconoció que las instituciones y la prensa habían mentido con la finalidad de fomentar la prudencia social (= miedo y desconfianza) y para justificar la sistemática violencia policial.
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Tercera matanza,
la perpetrada por la Justicia
El 21 de junio de ese mismo año, 1886, mediante una instrucción tan acelerada como irregular en la que se incumplieron numerosos preceptos procesales, de los 31 anarquistas inicialmente imputados ocho fueron acusados y juzgados de todos los delitos habidos y por haber.
Tres de los reos fueron condenados a largas penas de prisión y los otros cinco, a morir en la horca.
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La tardía reparación oficial:
el juicio fue anulado  
El juicio y las condenas provocaron un escándalo de alcance internacional, causando especial repercusión social e incluso institucional en Alemania, pues cinco de los ocho condenados eran ciudadanos germanos, otro era británico y dos, estadounidenses.
Siete años después de haber sido dictada la sentencia que había costado la vida a cinco personas, el juicio fue declarado nulo debido a su «irregular instrucción» (textual) y por haber sido probada la existencia de «pruebas manipuladas» (textual), lo que obligó a poner en libertad a los tres sindicalistas que permanecían encarcelados.
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NOTA:
Tres años después de los sucesos de Chicago, la Internacional Socialista (II Internacional) decidió que a partir de entonces el día 1 de mayo se conmemoraría el Día de la Solidaridad Internacional, tal fue la denominación aprobada.
No obstante, en los años veinte y treinta del siglo pasado se acabó generalizando, primero en Europa y luego en Asia y Latinoamérica, la denominación Día Internacional de la Clase Trabajadora, que en principio utilizaron tanto anarquistas como socialistas y comunistas.
Los terceros, a iniciativa de los bolqueviques, que acababan de conquistar el poder en Rusia, propiciaron una escisión y crearon la Internacional Comunista (III Internacional), cuyo congreso fundacional se celebró en 1919 en Leningrado (hoy, San Petersburgo), capital política de la recién constituida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Tras la segunda guerra mundial, a lo largo de las décadas de 1960, 70 y definitivamente en los años ochenta, numerosos sindicatos --exceptuados los anarquistas-- de prácticamente todos los países del mundo, empezando por los de Occidente, asumieron explícita o implícitamente la supuesta "inconveniencia" de apelar al internacionalismo; en paralelo, los sindicatos mayoritarios (en especial los de inspiración socialdemócrata, en España la UGT) promovieron la retirada del vocablo clase.
Actualmente, en Occidente la denominación más habitual es un simple Día de los Trabajadores; exceptuados Estados Unidos y Canadá, donde el 1 de mayo se celebra el denominado Día de la Ley.
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CON ANTERIORIDAD:
"Primero de Mayo: El trabajo es el valor económico fundamental".
ENLACES de interés: 
American Federation of Labor (para leer la versión en inglés, más extensa y detallada que la castellana, pulse aquí);
Anarquismo
* Sindicatos que operan en España.

1 comentario:

  1. Desconocía que había tres periodistas entre los ocho. Eran otros tiempos; creo que ahora la mayoría de empresarios son más civilizados. saludos.

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